lunes, 9 de julio de 2007

Wayang kulit y 5

Como final para esta serie sobre el Wayang Kulit, me gustaría poner un texto de Henri Michaux. Está en el mismo libro con el que comencé este blog: "Un Bárbaro en Asia". La cita es un poco larga, pero merece la pena:
  • "Una noche, ya un poco tarde, hice organizar una representación de Wayang- Koelit en casa de un indígena. Cuando llegué estábamos absolutamente solos la orquesta, mis tres invitados y yo.
Dos horas después estábamos perdidos en una turba de seiscientas personas. El olor de los cuerpos malayos nos rodeaba como una humareda; se habían instalado a la puerta vendedores de dulces. Risas oportunas venían de todos lados, costaba trabajo salir, y en ese momento (salimos antes del final) todavía llegaban muchas personas.
El Wayang Koelit javanes es el mismo que el Wayang Koelit balinés, pero su estilo es distinto.
El balines está aún cerca de los demonios.
Su música está llena de impaciencia. de temblor, de fiebre.
Es satánico. Los títeres (en cuero recortado) se pelean con una violencia inaudita, rápida y exaltada. El actor da alaridos. La luz oscila constantemente, haciendo temblar los personajes sobre la pantalla con una extraña vida palpitante, trepidante y eléctrica.
Una vez proyectada sobre la pantalla, la luz atraviesa los calados los calca y los ilumina a la vez con la nitidez de la evidencia o de la dura realidad, o más bien de una suprarrealidad recortada con cuchillo y retirada del cielo.
Luego, terminada su pantomima, se alejan blandos y vibrantes (la mano del actor los sacude sin cesar) para volver poco después súbitos y fulgurantes sobre la tela, dando una formidable impresión de petrificación mágica y de violencia, como no puede dar el cinematógrafo.
En el Wayan Koelit javanés, la luz está inmóvil. Los personajes están casi todo el tiempo fijados por la base a un tronco de bambú paralelo a la escena. Mueven más bien el brazo que el cuerpo, los brazos blandos que flotan. Hasta cuando luchan, lo hacen sin encarnizamiento. Sin embargo, la acción va acompañada de un ruido constante, como de tiros de revólver, que reproducen la tensión interior.
Sus voces (las voces de los recitadores) son dulces, melodiosas, bajas y reflexivas y como misericordiosas. Las palabras corteses, sentidas, floreadas, voces soñadoras, casi ausentes, voces de iglesia, un canto que a menudo recuerda los cantos bengalíes, sus cantos meditativos. "

Es una cita un poco larga pero vale la pena para terminar esta serie. La próxima serie hablaremos de los Bunraku japoneses.